
Empujado por un espíritu que todavía conserva su barniz de idealismo,
Alfredo, decide crear "un arte más libre, hecho con el corazón,
capaz de hacer que la gente se sienta viva".
Su concepto del teatro empieza más allá del escenario,
se traslada a pie de calle, cara a cara con el público.
Allí en una plaza cualquiera, en un parque
o en la avenida más comercial de la ciudad,
Alfredo y su grupo Noviembre, comienzan la función:
diablos que provocan a los transeúntes,
actuaciones de denuncia social,
acciones llevadas al extremo
de poner en alerta a las fuerzas del orden público.
No hay límites ni censuras,
sólo hay ideas y todas valen si son capaces de conseguir
sólo hay ideas y todas valen si son capaces de conseguir
que el espectador deje de ser espectador
y pase a formar parte de la representación;
se sorprenda, se asuste, ría o llore.
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